En El cementerio de Praga, Umberto Eco, a través del personaje Simonini, novela la génesis en el siglo XIX de las ponzoñosas mentiras que volvieron a convertir a los judíos en el chivo expiatorio de todos los males de Europa y que condujeron al horror del Holocausto. Como recuerda Umberto Eco, los individuos, movimientos y servicios secretos que fabricaron ese enésimo renacer del antisemitismo europeo tenían en común un rechazo visceral de la Ilustración y lo que conlleva de libertad, tolerancia, pluralismo y cosmopolitismo. Desacreditado y hasta criminalizado hoy el odio al judío, la islamofobia lo ha sustituido en los movimientos reaccionarios occidentales del siglo XXI como nutriente de las ideas y los sentimientos de odio al otro, al diferente, al extranjero.
... in http://www.elpais.com/articulo/opinion/antisemitismo/islamofobia/elpepiopi/20110727elpepiopi_5/Tes
La doble matanza perpetrada en Noruega por el ultraderechista Breivik no es un suceso aislado, es una espantosa manifestación del ascenso en Europa y Estados Unidos del odio al musulmán como bandera de enganche de los que reivindican la mítica pureza de la aldea primigenia occidental, aquella dominada por el campanario. Heredera de la reacción del siglo XIX y el fascismo del siglo XX, esta visión va acompañada, por supuesto, del rencor contra la izquierda ilustrada y universalista, "cómplice" hoy de los musulmanes como ayer lo fue de los judíos.
No es solo que partidos de ultraderecha obtengan buenos resultados electorales en Noruega, Dinamarca, Finlandia, Holanda, Austria, Francia, Hungría e Italia; es que su agenda de satanización de los inmigrantes musulmanes impregna crecientemente a los partidos conservadores del establishment. Incluso en España, los avances de grupos abiertamente islamófobos en Hospitalet, Santa Coloma, Mataró, Silla o Alcalá de Henares, la simpatía por el populismo xenófobo de votantes de las derechas españolista y catalanista tradicionales y los ladridos matamoros de esos que José María Izquierdo llama cornetas del Apocalipsis, siembran serias dudas sobre el dogma de que nuestra democracia está inmunizada contra la ultraderecha. Es significativo que diarios españoles presenten estos días a Breivik como "un loco aislado", a la par que piden que "no se criminalicen sus ideas".
Al igual que el antisemitismo, la islamofobia tiene viejas y profundas raíces en Europa. Se remontan a la propaganda de guerra de las Cruzadas y la Reconquista, fueron irrigadas durante la ocupación colonial del norte de África y Oriente Próximo e identifican sumariamente al moro, el árabe, el sarraceno, el turco, el musulmán, todos juntos y revueltos, con la barbarie y el fanatismo. En nuestro tiempo, cierto es, el ominoso Bin Laden y los atroces atentados de Al Qaeda han dado alas a estereotipos que afirman que el islam es en sí mismo incompatible con la democracia y los derechos humanos, y todos los musulmanes, unos terroristas o, como mínimo, unos fundamentalistas en potencia.

En la primera década de este siglo, el miedo provocado por el 11-S fue explotado para reducir libertades y derechos en Occidente y para estigmatizar como sospechosos de oficio a los inmigrantes musulmanes. Estos no son presentados como seres humanos que hacen muchos de los trabajos que los nativos no quieren, ni como gente que, según todos los estudios y sondeos, acepta mayoritariamente los principios y valores de la democracia, incluidos el laicismo y la igualdad de géneros, sino como la quinta columna de una conspiración para islamizar nuestros países y terminar prohibiendo el alcohol, haciendo festivo el viernes y estableciendo la obligatoriedad del velo femenino. Y así, en sociedades con gravísimos problemas económicos, sociales y políticos, se exageran hasta el disparate asuntos como el del chador que solo afectan a unas decenas de personas.
En la existencia de un plan secreto para islamizar Europa, toda una versión contemporánea de los Protocolos de los Sabios de Sión, cree el asesino Breivik y creen millones de europeos. "Es como Hitler, pero con los musulmanes", declaró ayer en este periódico el sociólogo noruego Johan Galtugn. Tiene razón: estas ideas, como las del Mein Kampf, el nacionalismo totalitario de ETA o el milenarismo yihadista de Bin Laden, matan.
La vida es móvil y los análisis de hace una década ya no sirven hoy. Lo sensato es decir que los desafíos violentos a nuestras democracias son múltiples y que unos crecen mientras otros reculan. En España, por ejemplo, aún sufríamos el azote de ETA cuando el yihadismo nos golpeó brutalmente el 11-M. Así que, sin descartar que una Al Qaeda en reflujo aún pueda matar en cualquier momento y lugar, una fiera surgida del seno de nuestras sociedades acaba de mostrar en Noruega sus fauces sangrientas.
Diez años después del 11-S, la nueva amenaza para nuestra libertad y seguridad no viene de fuera, sino de dentro: es el renacimiento de una ideología que, aunque en la mayoría de las ocasiones ya no exhiba esvásticas, haga el saludo romano y vista correajes de cuero, ha sustituido el antisemitismo por la islamofobia y sigue aborreciendo el Siglo de las Luces, al que ahora llama Mayo del 68. Los Breivik y compañía, sus pelotones de choque, creen que deben exterminar al enemigo -los infieles musulmanes y los herejes progresistas- para salvar la civilización blanca y cristiana. Estremece descubrir que la estrategia antiterrorista de la Unión Europea ni tan siquiera es consciente de la existencia de la nueva peste parda.
Llámenme Oswald Spengler si quieren, pero es difícil evitar la conclusión de que Estados Unidos y la Unión Europea están compitiendo hoy por ser los primeros en alcanzar la decadencia. Las dos principales entidades políticas de Occidente parecen incapaces de resolver los problemas de deuda y déficit que sus modalidades de capitalismo liberal democrático, muy similares, han acumulado. Sus políticos parecen borrachos bailando al borde del abismo de la bancarrota.... in http://www.elpais.com/articulo/opinion/Estados/Unidos/Europa/decadencia/elpepuopi/20110724elpepiopi_4/Tes
Si la reunión de urgencia de la eurozona celebrada en Bruselas el jueves no tranquiliza a los mercados, algunos países del grupo pueden caer en cuestión de días. En Washington, prosigue la cuenta atrás hasta el que los estadounidenses han designado como Día D, el 2 de agosto, fecha en la que el Gobierno dice que no podrá seguir pagando sus facturas sin sobrepasar el techo de deuda actual de 14.300 millones de dólares. Las dos economías más grandes del mundo se tambalean al borde del eurocalipsis y el dolarcalipsis.
Da la impresión de que Estados Unidos conseguirá apartarse del precipicio, aunque sin arreglar el problema de fondo. ¿Y Europa? No estoy tan seguro.
Los dos competidores occidentales en la carrera de la decadencia son distintos en muchos aspectos. La inmensa deuda de Estados Unidos es un peligro para la credibilidad y el poder del país en el mundo; no para la Unión en sí. Por el contrario, la crisis de la eurozona pone en tela de juicio el propio futuro de la Unión Europea en su versión última y más flexible.
La UE es una mancomunidad de 27 Estados soberanos, con un presupuesto que distribuye solo el 1% del total de sus PIB. Las deudas públicas de esos Estados van del 150% en Grecia hasta menos del 7% en la virtuosa Estonia. Estados Unidos es una unión plenamente federal de 50 Estados, con un Gobierno nacional que redistribuye un poco menos de la cuarta parte del PIB, mientras que el Gobierno nacional de un país europeo suele redistribuir la mitad.
En Estados Unidos, los republicanos y los demócratas están ideológicamente más polarizados que los grandes partidos europeos. Pero, si a los estadounidenses les divide la ideología, a los europeos les divide la nacionalidad. Los republicanos de la crisis de la eurozona son los alemanes. La canciller alemana, Angela Merkel, es a Bruselas lo que el líder republicano Eric Cantor es a Washington: un obstáculo poderoso pero con escasa visión de futuro.
El peso de la deuda de Estados Unidos aumentó gracias a los recortes fiscales aprobados en tiempos de George W. Bush y los gastos de las guerras en el extranjero, además del incremento del gasto de sanidad y prestaciones sociales y, más tarde, los rescates y el enorme gasto deficitario de tipo keynesiano aprobado porObama tras la crisis financiera. Los europeos, en general, no hicieron grandes recortes fiscales, ni mucho menos guerras. Con escasas excepciones, como Reino Unido y Francia, su gasto de defensa ha pasado de pequeño a diminuto.
Pero los europeos también tuvieron sus excesos en la última década. Sobre todo, el derroche de gastos y endeudamientos irresponsables en los Estados periféricos de la eurozona, como Grecia, Portugal y España, facilitado por los préstamos irresponsables concedidos por los bancos franceses y alemanes. Ambas partes se confiaron arrastradas por los tipos de interés -que parecían beneficiosos para todos- y las prometedoras perspectivas de la eurozona.
Hasta aquí, las diferencias visibles entre las dos orillas del Atlántico. Ahora bien, si se profundiza más, se encuentran grandes semejanzas. Porque, en realidad, esta es una crisis estructural del capitalismo liberal democrático -o, si prefieren hacer más hincapié en el aspecto político, la democracia liberal capitalista- desarrollado en el corazón de Occidente durante los últimos decenios.
A ambos lados del Atlántico, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Si se observan los gráficos, se ve que la deuda empresarial, doméstica y pública se ha ido acumulando durante 40 años. Ahora, con la nacionalización de la deuda privada después de la crisis financiera y el desplome del crecimiento y los ingresos de los Gobiernos, la deuda pública está creciendo, como el termómetro de un coche recalentado, hasta el peligroso nivel del 90%, el 100%, el 110% del PIB.
Nuestro sistema financiero, que privatizaba el beneficio y socializaba el riesgo, debe cargar con una parte importante de la culpa (todavía el año pasado, según la Oficina de Estadística Nacional de Reino Unido, los banqueros y aseguradores del país obtuvieron 14.000 millones de libras en bonus). Igual que el consumismo desatado, con los anunciantes descubriendo formas cada vez más refinadas de fabricar "necesidades" que, en realidad, son muy innecesarias. Igual que los miembros de la generación del baby boom, con sus expectativas de tener cada vez más atención sanitaria, prestaciones sociales y pensiones: una aspiración legítima, dirán; sí, si no hubiera que sufragarla a costa de nuestros hijos.
Una vez más, las diferencias entre Estados Unidos y Europa en este aspecto no son tantas como se dice. La página web factcheck.org muestra que casi la mitad del gasto federal de Estados Unidos se dedica a lo que los europeos llaman el "Estado de bienestar": en el año fiscal 2010, la seguridad social, Medicare, Medicaid, el programa de seguro de salud infantil y la ayuda a personas de bajos ingresos sumaron el 46,9% del gasto total. Es verdad que es la mitad de una cuarta parte del PIB y no, por ejemplo, dos tercios de una mitad, como en algún Estado de bienestar europeo muy generoso; pero sigue siendo una proporción enorme, y no hace más que crecer.
Luego está la política. Lo que vemos hoy en las dos orillas del Atlántico es una perversión de la democracia. Consiste en dar a los sectores más ruidosos del pueblo lo que quieren, a corto plazo, en lugar de proponer a la mayoría de la población lo que necesita a largo plazo y arriesgarse a la impopularidad inmediata, que es lo que han hecho siempre los buenos líderes. Como indica el columnista de The New York Times David Brooks, la semana pasada, los republicanos de Estados Unidos rechazaron un acuerdo que habría podido recortar el gasto federal al menos en tres billones de dólares a lo largo de una década. Y en Europa, no hay más que ver el contraste entre Helmut Kohl y Angela Merkel. Kohl dirigía la opinión pública alemana; Merkel la ha seguido hasta el borde del precipicio.
Se trata de una política hipersensible al dinero, los intereses especiales, las campañas mediáticas, los grupos de presión, los grupos de discusión, el último sondeo de opinión y la próxima elección local. No es casualidad que Washington y Bruselas rivalicen en ser el paraíso del lobbista. Lo que mejor hacen estas dos inmensas y distintas entidades políticas, la UE y Estados Unidos, es sumar intereses particulares y apaciguar a todos los que es posible apaciguar en un momento dado.
Se oyen aquí ecos de un viejo argumento. El Federalist Paper número 10, escrito por James Madison, sostenía que una gran república estaría mejor preparada que unos Estados pequeños para defender el bien general frente a los intereses especiales y las facciones. En ella sería más difícil que los candidatos indignos "logren practicar las perversas artes que con demasiada frecuencia deciden las elecciones". Unos representantes sabios y prudentes "refinarían y ampliarían las opiniones de la población". Es decir, Montesquieu se había equivocado al sugerir que la democracia quizá podía funcionar mejor en unidades pequeñas y ser más difícil de mantener en grandes entidades.
El Partido Comunista Chino va un paso más allá que Montesquieu. Con tres billones de dólares en la caja fuerte -la Administración Estatal de Divisa Extranjera-, China afirma que la República popular ha encontrado una manera mejor y más eficaz de gobernar un territorio inmenso y variado.
La tarea que aguarda ahora a los dos gigantes del Occidente liberal democrático es demostrar que Madison tiene razón y Spengler y el Partido Comunista se equivocan. Hasta ahora, estamos haciendo una verdadera chapuza.
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Todavía hoy algunos balazos parecen conservar intacto su poder destructivo. Durante las primeras semanas de este mes se exhumó una fosa común de más de treinta metros de largo en Gumiel de Izán (Burgos). La hipótesis de que allí estuvieran enterrados un grupo de ferroviarios que fueron asesinados el 18 de agosto de 1936 es una de las que se barajan para poder llegar a establecer la identidad de aquellos muertos que yacen, uno detrás de otro, en un paraje conocido como La Legua. Los investigadores han establecido, a partir de las vainas de fusil y las balas rotas encontradas junto a los huesos, que muchos de ellos cayeron allí mismo de un disparo en la cabeza. Son esos balazos los que siguen resonando porque todavía no se sabe a quiénes se llevaron por delante. Se han encontrado un crucifijo, que pudo haber pertenecido a un franciscano de la zona al que trataban de rojo por criticar la miseria en la que vivían los campesinos, y un corsé ortopédico, que acaso perteneció a un maquinista de la estación de Aranda de Duero.

... in http://www.elpais.com/especial/aniversario-sublevacion-militar/fosas-memoria.html
Las fosas con los restos de los que fueron asesinados por las fuerzas franquistas ha sido seguramente uno de los temas relacionados con la Guerra Civil que más presentes han estado en la sociedad española durante estos últimos años. Fueron muchos nietos de los que padecieron el conflicto los que, en un momento dado, preguntaron por sus abuelos. Y es ahí donde empezaron las respuestas vagas o los silencios y se hizo evidente, según cuentan muchos de los que se embarcaron en estos procesos, un miedo que seguía vivo en los supervivientes pese al tiempo transcurrido.
La torpeza a la hora de gestionar políticamente la legítima demanda de muchos familiares para recuperar a sus muertos, y poder así volver a enterrarlos y realizar ese duelo postergado desde hace tanto tiempo, ha generado numerosas tensiones que parecían desaparecidas, y que subieron de intensidad cuando el juez Baltasar Garzón, ante la alarmante falta de eficacia de la llamada Ley de la Memoria Histórica para resolver estos problemas, decidió intervenir. No son, sin embargo, solo las fosas las que han reclamado la atención de una sociedad que cada vez tiene menos que ver con la que padeció la dictadura de Franco y que, por tanto, se pregunta por el sentido de la pervivencia de algunos símbolos que siguen glorificando aquel régimen. Un grupo de expertos está discutiendo qué hacer con el Valle de los Caídos, el complejo monumental donde está enterrado Franco.
Setenta y cinco años después del golpe de Estado de los militares rebeldes, hay todavía otras cuestiones que siguen abiertas. La manera de contar lo que sucedió entonces es una de ellas. Hace poco, la presentación de un Diccionario biográfico español realizado por la Real Academia de la Historia levantó una fuerte polémica. En el tratamiento dado en ese trabajo a algunos de los protagonistas de la guerra (el propio Franco, entre ellos), más que la búsqueda de un escrupuloso rigor histórico, lo que prevalece es el afán por dulcificar las asperezas de los responsables del golpe, con lo que se rescatan algunos elementos que han caracterizado la versión de los vencedores. En cuanto a los vencidos, algunas de las entradas (como la de Manuel Azaña) están llenas de errores y recurren, para definir la actividad de Negrín, por ejemplo, a fórmulas propias de los propagandistas de la dictadura y se refieren a su Gobierno como “prácticamente dictatorial”.

Las fosas, el Valle de los Caídos, el Diccionario biográfico español: hay momentos en que parece que hoy se intentara construir de nuevo unas trincheras invisibles para seguir librando una vieja guerra, y volver así a servirse del pasado para sortear las batallas del presente. El problema acaso resida en la manera de volver la vista atrás. Porque hay muchas maneras de plantearle preguntas al pasado. Una de ellas lo que subraya es una deuda pendiente, y quiere hacer cuentas. Puede ocurrir, sin embargo, que al hacerlas se utilicen los valores de hoy para saldar los asuntos de entonces.
En el afán de reclamarle una deuda pendiente al pasado, la que conoce la afrenta suele ser la memoria individual (ahora que cada vez quedan menos de los que vivieron el conflicto, lo que permanece es muchas veces su relato de lo ocurrido). Una memoria, la individual, que es siempre legítima, pero que selecciona y se construye también alrededor de unos cuantos olvidos, que es caprichosa, que engrandece algunos detalles y minimiza otros. Seguramente todos los derrotados en la Guerra Civil miran ese pasado con ira, y es lógico que en determinados casos tengan todo el derecho de exigir reparaciones. Pero la memoria individual nada tiene que ver con las llamadas memoria colectiva, histórica, externa, social: “Nadie recuerda ni puede recordar lo sucedido fuera del ámbito de su propia existencia”, decía Francisco Ayala. Y tiene razón: ¿cómo recordar lo que han vivido otros?
Esa otra memoria, la que quiere convertirse en la de unos cuantos (un grupo, una tribu, una asociación, una nación), es siempre una construcción interesada y suele servir para establecer los rasgos de una identidad común, definir las claves de pertenencia a una colectividad determinada, y muchas veces se concreta en abstracciones cargadas con la dinamita de lo exclusivo.
Comunistas, anarquistas, nacionalistas, socialistas, sindicalistas, carlistas, falangistas, franquistas, republicanos, y vaya usted a saber quién más, siguen sirviéndose de la Guerra Civil para reforzar sus propios relatos (ya sea como víctimas, ya sea como salvadores) sobre lo que pasó, y para justificar o adornar su discurso sobre el presente. Preguntarle al pasado por una cuenta pendiente conduce a seguir situando la discusión en el terreno político. Y así, 75 años después de que empezara todo, siguen imponiéndose aquellas versiones en las que predomina el blanco y negro y se difuminan los grises.
Que la Real Academia de la Historia
no haya sido extremadamente delicada confirma cuánto queda
por hacer
Hay otra manera de relacionarse con el pasado. No tanto reclamar una deuda pendiente, como preguntarse por lo que de verdad ocurrió. Es lo que hacen los historiadores, y han sido muchos los que en los últimos años han contribuido a revelar las múltiples aristas de un conflicto habitualmente muy confuso por las interpretaciones que unos y otros dieron sobre lo que pasó para justificar sus respectivos comportamientos.
No siempre es posible dar una explicación unívoca a hechos complejos, pero eso no significa que valga cualquier relato, y mucho menos que el esfuerzo por acercarse con el mayor rigor a los hechos signifique amenazar, como se ha dicho, la libertad de expresión del historiador. ¿Por qué hubo una guerra? Podrá haber infinidad de matices en la respuesta, pero esta se produjo porque un grupo de militares, con un amplio respaldo civil, no consiguió que triunfara el golpe de Estado con el que pretendían tomar el poder y detener así las reformas que había puesto en marcha la República. ¿Qué régimen se impuso al terminar el conflicto? Una dictadura personalista, que se apoyó en el ejército, en la Iglesia y en un partido único, y que desencadenó una brutal represión para garantizar su continuidad.
Entre el golpe y la victoria final de Franco se sucedieron acontecimientos de muy distinto calado. Lo que, en cualquier caso, produjo la rebelión de los militares fue la violenta exigencia a la que se sometió a cada español para que tomara partido. Por mal que fueran las cosas, por duras que hubieran sido las amenazas que la República padeció en sus peores momentos, solo el golpe de julio impuso la obligación de decantarse: o ellos o nosotros. La rebelión destruyó las estructuras de mando del Ejército, y no era fácil saber a qué atenerse ni tener plena certeza sobre cuántos de los uniformados seguían obedeciendo al régimen legal. Los primeros en caer, las primeras víctimas de los golpistas, fueron sus compañeros de armas. En una tesitura de total descontrol, y ante un alarmante vacío de poder, el Gobierno decidió repartir armas a la población para combatir a los golpistas. La violencia vengadora de muchos de estos grupos armados se dirigió contra los representantes del antiguo poder: sacerdotes, guardias civiles, policías, patronos, administradores de fincas. La República ya no solo debía combatir contra las tropas del ejército rebelde, que contaron desde muy pronto con el apoyo material de Italia y Alemania, sino que tuvo también que poner coto a los desmanes que se estaban produciendo entre los suyos.
Lo más grave de una guerra civil es que, de alguna manera, se produce en el interior de cada familia. Los que compartieron el mismo pan de pronto se ven situados en diferentes trincheras y les toca luchar por su supervivencia muchas veces en contra de los suyos. Es difícil reparar el dolor que todo eso comporta, cerrar esa inmensa herida. Pero el paso del tiempo quizá lo que permita saber es cómo sucedieron de verdad las cosas. ¿Será posible algún día establecer en relación a la Guerra Civil algunos puntos que estén más allá de las distintas interpretaciones y de las lecturas interesadas, y se pueda, por tanto, trascender las distintas memorias colectivas para volver al terreno de la historia?
Seguramente el desafío pendiente siga siendo el de volver a los hechos, y eso pasa por la lenta y paciente demolición de los mitos y leyendas que construyeron los vencedores (y también los vencidos) sobre su papel en aquel terrible drama. Que haya sido la propia Real Academia de la Historia la que no haya sabido ser extremadamente delicada con un material tan inflamable solo confirma cuánto les queda por hacer a los españoles para volver al pasado con honradez y coraje para entender lo que de verdad pasó.

...a farra, a grande farra, para alguns, uma pequena percentagem, continua, vai de vento em popa, beneficiando os que sempre se beneficiaram e, em bom juízo, até não precisavam de mais... para quê tantos castelos na areia quando se possui uma só vida e ela, a vida, é tão curta???... Porque não reduzir as ganâncias e tentar equilibrar as diferenças, tão grandes, entre os bem situados na vida e...os que vegetam, os que quase não podem sobreviver, tão magra é a reforma ou o vencimento, quando o têm, claro... porque não acabar com a farra, a grande farra escandalosa que se vai vivendo por este País com uma total indiferença perante os que nada ou pouco têm???... Cada vez mais nos assemelhamos ao Triunfo dos Porcos, ( todos iguais mas, uns mais...). Tão iguais que nós somos, tão diferentes que parecemos, na carteira... aquela que tanto pode estar forrada como, dum momento para o outro, esvaziar por completo... sejamos mais humanos com os humanos mais desgraçados, sem clubites nem partidarites... apostemos no combate feroz aos dois milhões de pobres que existem em Portugal porque:
... in http://sherpas2.blogs.sapo.pt/421609.html
- Todos diferentes, todos iguais/todos iguais mas, outros mais/seres tão complexos e diversos/animais tão esquisitos no pensar/de cores diversas e dispersos/por locais onde têm de habitar/nascidos da mesma maneira/duma mãe que os concebeu/burguesa, operária, rameira/frutos dum amor que morreu/dum amplexo, duma união/dum comungar, duma paixão/ungidos, logo à nascença/pelo estigma da diferença/no berço que os acolheu/de rendinhas e bordados/no colo que os recolheu/vazio, o dos desgraçados/de quem nada tem para dar/de quem está nu, desamparado/aqui e em qualquer lugar/esquecido, posto de lado/por falta de todos os meios/embora parecido com os tais/os fartos, os que estão cheios/os diferentes, os mais iguais/os que só pensam no bem estar/no que o dinheiro proporciona/no vestir, comer e gozar/dentro e fora da sua zona/esquecendo, quase por querer/os explorados e ignorantes/os que se fartam de sofrer/os calcados, como dantes/pelo sistema, pelos interesses/dos que não querem abdicar/das mais valias, das benesses/que não querem partilhar/com a multidão de irmãos/tão diferentes, tão iguais/que, estendendo suas mãos/vão morrendo, mais e mais/esfomeados, escorraçados/esquecidos ou ignorados/num Mundo materialista/dominado pelo dinheiro/matéria infecta, pouco altruísta/mal maior e primeiro/de mentes curtas, obtusas/sem sentimentos, confusas/dos tais seres complexos e diversos/egoisticamente imersos/em mesquinhas e vãs ganâncias/de matérias bem palpáveis/em doses grandes, abundâncias/de pouco valor, não duráveis/porque a vida é passageira/virtualmente ilusória/tal como os bens, o dinheiro/jactâncias de curta memória/que tanto se dão com o primeiro/como com o último da história/neste tão grande carrossel/nesta existência imparável/neste tão veloz corcel/desta era incomparável!...
...os verdadeiros estadistas preocupam-se mais com os menos carentes do que com os amigos ou companheiros de partido, para não falar neles próprios, alguns, tão pavões e autistas que...até embaçam de...inchados e tontos com o Poder... ainda é tempo de arrepiarem caminho e governarem a sério os que, pelas circunstâncias, nem para comer, têm dinheiro suficiente... há muita pobreza e, nessa pobreza, há muita miséria em Portugal... é a opinião dum insignificante e vulgar cidadão anónimo que se preocupa com estas COISAS do País onde vive... Sherpas!!!...
... BRINCADEIRA de... CRIANÇAS, né (?) -- >> a JUSTIÇA, em PORTUGAL (?) LOLReportagem de Sofia Morais sobre declarações de advogado de Horta e Costa no caso Portucale
... in http://www.tsf.pt/PaginaInicial/Portugal/Interior.aspx?content_id=1779783
O advogado Godinho de Matos sublinhou que o administrador do Grupo Espírito Santo é «inocente» e que este caso só está em julgamento porque agora tudo é crime em Portugal.
Em tribunal, Luís Horta e Costa garantiu, esta manhã, que está inocente e que foi envolvido nesta «novela» apenas porque é simpático e tem muitos conhecimentos.
Horta e Costa, que está acusado de tráfico de influências, explicou que apenas apresentou José Manuel Sousa a Abel Pinheiro porque o grupo Espírito Santo precisava de uma reunião urgente com o ministro Nobre Guedes para desbloquear o projecto Portucale, parado há 17 anos.
A defesa de Horta e Costa garantiu que nada disto configura crime. O advogado Godinho de Matos diz mesmo que o processo é um «total absurdo».
Esta manhã, prestou ainda declarações José Manuel Sousa, também administrador do Grupo Espírito santo, garantindo, em tribunal, que se limitou a pedir ajuda a Horta e Costa para obter uma reunião o mais rápida possível com o ministro do Ambiente Nobre Guedes.

Las circunstancias han determinado que este suplemento especial para conmemorar los 35 años de vida del diario EL PAÍS venga a publicarse en uno de los momentos más difíciles por los que España ha atravesado desde el restablecimiento de la democracia.
... in http://www.elpais.com/especial/35-aniversario/opinion/algunas_bases_para_reconstruir_el_futuro.html
Admitamos, para comenzar, que no hay necesidad de cargar las tintas en demasía: el simple enunciado de los quebrantos que se abaten sobre la sociedad española supone por sí mismo un menester lúgubre y descorazonador, un irritante recordatorio de que este país, en su conjunto, sufre de forma permanente una grave falta, como define el diccionario el defecto de la moneda en cuanto al peso que por ley ésta debía tener.
Los recientes acontecimientos sucedidos tras el estallido de la crisis financiera mundial y las sombrías consecuencias que de ella traen principio -el inopinado menoscabo del bienestar de los ciudadanos, la angustia ante un futuro más incierto de lo que acostumbra, la certidumbre de las aflicciones que habrán aún de venir-, han desembocado, no podría ser de otra manera, en el descontento creciente de la ciudadanía con el funcionamiento de las instituciones de la democracia, fenómeno por lo demás común a la mayoría de naciones de nuestro entorno.
Entiéndase bien, descontento de la ciudadanía con el funcionamiento de estas instituciones, de esta democracia, a lo que cabría sumar la exigencia de reformas que permitan superar los impedimentos actuales de forma urgente.
Junto al malestar y la inquietud por el deterioro de la situación económica que, como se dijo antes, es común a la mayoría de países desarrollados, se extiende también entre los españoles, datos empíricos los hay en abundancia, la convicción de que la clase política en su conjunto, y con apenas excepciones, no ha sabido estar a la altura que las circunstancias le exigían. Tampoco quedaron en zaga bancos, empresarios y sindicatos, menos aún determinados periodistas, aspecto este último que requiere siempre muchos y amargos apartes en este país. Pero ésa es, en definitiva, la sociedad que conformamos y tomar ocasión de queja conduce inevitablemente a la nostalgia, la parálisis y el reproche estéril.
Cierto es que algunos de los males que nos afligen tienen por causa el estallido financiero global de 2007, pero otros tantos son sin discusión alguna de fabricación propia, desde la insensata burbuja inmobiliaria que agravó los efectos de aquel hasta el derrocadero por el que se despeñan las instituciones, con el Tribunal Constitucional al frente, cuya pérdida de renombre y de ascendente busca aún precedentes en nuestra historia reciente.
No se debe mirar solo a los que han salido a la calle. También a la multitud silenciosa que no lo hace pero que comparte su precariedad
Se venía advirtiendo de que España no se merece los políticos que la gobiernan, y de que hacían estos mal en minimizar, entiéndase, ignorar, los signos de hartazgo y de desafección entre los ciudadanos en un momento en el que el país se disponía a atravesar un periodo de enorme tensión social por el aumento del paro y el derrumbamiento de la actividad económica. Advertencias que fueron tomadas a beneficio de inventario por la clase política en el íntimo convencimiento, cabe razonablemente suponer, de que, tratándose de un mal común y compartido por todos, en poco o nada habría de afectarles durante la refriega electoral.
Las cosas, sin embargo, suelen suceder cuando menos se las espera: decenas de miles de personas se encargaron a partir del 15 de mayo de restregar las amonestaciones anteriores a la clase política en su conjunto, sin distingos cardenalicios esta vez, para desmayo de la izquierda en el poder. El diario italiano La Repubblica me pidió hace unos días una reflexión sobre los jóvenes que ocupan las plazas de España, no sé si seguirán en ellas cuando estas páginas vean la luz.
Extraer un significado unívoco de las protestas es tarea arriesgada. Pero comprender el malestar que exhalan, las condiciones de posibilidad de que estallido tal de descontento se haya producido lo es bastante menos, siempre que se decida mirar honestamente a sus protagonistas. No se debería, sin embargo, mirar única y exclusivamente a aquellos que han salido a la calle, eso es lo primero que resulta necesario precisar.
Se ha de incluir también a la multitud silenciosa que no lo ha hecho, pero que comparte muchas de sus circunstancias: parados que malviven en precario, huérfanos de presente; empleados que también malviven en precario, huérfanos de futuro, con salarios irrisorios; jóvenes en condiciones de vida cada vez más deterioradas, sin posibilidad de acceder a una vivienda digna, sin posibilidad de formar una familia, sabedores de que van a vivir peor que sus padres; jubilados con pensiones que no les dan para comer y, al tiempo, llegar a fin de mes; universitarios que creían haber accedido a sus sueños solo para descubrir que les esperan las oficinas del desempleo, más del 40% de los jóvenes está en paro, o unas condiciones de trabajo tan insultantes, salarios tan ínfimos, contratos tan precarios, a veces de días o de semanas, en puestos que nada tienen que ver con lo que estudiaron en la universidad, que han abandonado cualquier esperanza, entiéndase bien, han abandonado cualquier esperanza, fundada o no, de que el Gobierno, los partidos, el sistema político, nadie al frente de una institución tenga la capacidad de remediar su situación, sus situaciones.
Se dirá que se trata de un razonamiento injusto para con las instituciones democráticas, lo que no deja de resultar cierto. Pese a ello, resulta razonable y democrático aceptar que se trata del sentimiento concreto y legítimo, ya nadie niega eso, de esas miles de personas que han optado por expresar su malestar absteniéndose en las urnas, y aceptar también, naturalmente, que su voluntad no puede imponerse a la de millones de ciudadanos que sí han ejercido su derecho al voto.
Lo que no resulta ni razonable, ni democrático, ni tan siquiera conveniente, en estos momentos y en las actuales circunstancias, es ignorar que sus aflicciones y sus acusaciones son las de la mayoría, bien que en grados diferentes. Una mayoría que no por acudir a las urnas con regularidad descarga por ello de culpa a los partidos políticos en su conjunto, ni seguramente está dispuesta a aceptar sin rechistar los sacrificios que con toda probabilidad habrán de serles exigidos en breve.
En estas circunstancias que no hemos elegido, pero que colectivamente tampoco hemos sabido evitar, se impone responder ciertas cuestiones. ¿Qué hacer ahora? ¿Por dónde comenzar? ¿Cómo identificar la tarea más urgente en el momento de mayor zozobra: el relámpago de la obscena e inevitable presión del realismo en la política, por usar palabras de Sciascia, esto es, esa capacidad que tiene la realidad de hacer posibles y lícitas cosas y acciones que, consideradas en abstracto, no resultan posibles ni lícitas? Tal es el escenario, resulta inexcusable admitirlo, en el que sus propios errores, los de las naciones europeas, más la inflexibilidad de las instituciones que gobiernan el Viejo Continente han colocado a España.
Bien, pues, no se puede comenzar de otra forma que no sea por decir la verdad. Esta exigencia de verdad, que es la primera exigencia de la democracia, podría dar pie a no inútiles reflexiones sobre la naturaleza de los partidos políticos, al menos de aquellos que tienen la responsabilidad de gobierno, así como de sus métodos y componendas para acceder a él.
Pero son de nuevo las actuales circunstancias las que explican que esa exigencia de verdad no se revista, podría decirse así, de una naturaleza moral, sino que, por el contrario, se ajuste a una estricta necesidad de realismo. Decir la verdad sobre la dimensión y la intensidad del esfuerzo que aguarda a la sociedad española en los próximos años, gobierne quien gobierne, es el corolario que este realismo en la política obliga en estos momentos al país. Esfuerzo, entiéndase bien, no sólo en el sentido de trabajo enérgico, de actividad vigorosa para la consecución de un objetivo, sino también, y aun principalmente, en su otra y más amarga significación de sacrificios, ajustes y recortes.
Lo más urgente hoy es la verdad. Y es la estabilidad de la democracia la que exige que ésta sea expresada por los dos grandes partidos
Es la estabilidad del propio sistema democrático la que exige que esta verdad, a efecto de poder ser mudada en un programa de acción con visos de resultar aplicable y efectivo, sea expresada conjuntamente por los dos grandes partidos, bajo una fórmula a su elección. Y sea, por tanto, asumida colectivamente por la mayoría de los ciudadanos como los cimientos sobre los que comenzar a construir, o acaso reconstruir, el futuro. Sin aceptar estas premisas resultará harto difícil, cuando no imposible, mantener la cohesión social y aun la tranquilidad en las calles -de ello depende casi todo lo demás- en los meses y años por venir. Raramente quiebra un Estado por estricta falta de liquidez. No hay más que repasar la historia: vez hubo que no fue así, pero casi siempre sucede cuando un gobierno resuelve que no puede o no quiere, dadas las circunstancias, castigar a su población con más penalidades.
Los políticos ignoraron las quejas, pero la comedia ha terminado. De que lo entendamos todos depende, más que nunca, el futuro del país
Ni el gobierno actual, en el improbable caso de que renueve su mandato, ni la oposición, si se impone en las urnas, estarán en disposición de garantizar los empeños necesarios ni los resultados que, legítimamente, los españoles pueden esperar de aquellos, si no reconocen con carácter previo la gravedad de los medios que tendrán que aplicar, y los pactos sociales que estos exigirán: equidad en la distribución de las cargas y atención preferente a los más débiles.
Se equivoca gravemente la oposición si confía en que la legitimidad de un triunfo electoral le permitirá recortar de forma drástica el bienestar de los ciudadanos, bajo la socorrida excusa del desperfecto en la herencia recibida, sin haber pasado el expediente, admitamos que áspero siempre en campaña, de explicar con carácter previo su programa a la nación, de lo que hasta ahora se ha abstenido con equivocada prudencia y peor cálculo. A nadie se le escapa que semejante empresa precisa de valentía, honestidad e inteligencia, cualidades que, ciertamente, no han destacado en la política española desde hace tiempo y que hubieran permitido afrontar la situación que nos sojuzga en un clima muy distinto al que respiramos. Nada en las leyes impedía a los partidos principales ejercer una magnífica gobernanza en las instituciones -ni una gestión económica más prudente-, si colectivamente lo hubieran deseado.
No se trata de una reflexión fácil de aprehender. Igual de difícil, porque exactamente ahí reside su grandeza, que aprehender el concepto de democracia avanzada, cuyo establecimiento ordenó la Constitución en 1978. No fue ésta, para desgracia de todos, la senda por la que discurrieron los hechos pese a las reiteradas apelaciones de tantos, también y sobre todo de este periódico. Ante las quejas, que las hubo y las sigue habiendo, debemos sobre todo recordar que ésa es la tarea principal que corresponde a un diario, al menos hemos querido que sea la de éste, y que las páginas que el lector tiene hoy en sus manos, junto con las centenares de miles que desde su fundación han venido apareciendo con el trascurrir de los días, no buscaron otro objetivo que estimular y sostener el avance, la modernización y la prosperidad de España, exposición sumarísima del concepto de democracia avanzada que se citó antes. Los partidos políticos, sin embargo, ignoraron con tozudez las reclamaciones. Primero de las voces más críticas, luego de los ciudadanos, para acabar no teniendo noticia de la realidad misma. La comedia ha terminado. De que finalmente lo comprendamos todos depende, más que nunca, el futuro del país.